Pinto retratos. No importa si el que tengo enfrente es un perro, un ídolo de la infancia, un pariente o una ola: lo que me interesa es la misma pregunta de siempre, la de qué hace que una cara —o algo parecido a una cara— merezca quedar colgado en una pared para siempre.
La mayor parte de mi trabajo son animales coronados: perros, gatos, leones, un elefante, un sapo. Les pongo corona, manto o cetro, prestado de la pintura aristocrática de siglos atrás, y los dejo posar con la misma solemnidad que un rey. Al lado de esa corte conviven los ídolos que me marcaron de chico —superhéroes, monstruos de cine, músicos, muñecos de ventrílocuo— pintados con el mismo respeto que le pondría a cualquier prócer. Y después están los encargos, los retratos clásicos y, más recientemente, una pintura sin cara: una ola vista desde adentro, sin corona ni ironía, solo el gesto del agua.
Lo que me interesa investigar con todo esto es simple: el poder no es exclusivo de quien lo tiene por historia o por linaje. Un chihuahua puede ser emperador. Un gorila puede sostener una duda existencial. Un muñeco de trapo puede dar tanta ternura y miedo como un bufón de la corte española. La dignidad, para mí, no depende de la especie ni del tamaño: depende de cómo se mira.
Trabajo mayormente en óleo y a veces en acrílico, sobre tela o sobre madera, porque necesito ese tiempo lento de las capas para que la luz caiga como en los retratos viejos: dirigida, un poco teatral, suficiente para que la figura se despegue del fondo oscuro y quede sola, mirando de frente. La pincelada la ajusto según lo que pido: minuciosa en el detalle de un ojo o un pico, más suelta cuando lo que busco es el movimiento, como en la ola.
La pintura es el centro de mi trabajo, pero no es lo único. En papel, con lápiz, carbonilla o pastel, sigo haciendo lo que aprendí primero: las láminas de Charles Bargue, los estudios de manos, pies y cabezas, los retratos por encargo y los personajes que me quedaron de la infancia. El dibujo es donde la mano se mantiene entrenada.
También fotografío. Gente en la calle, casi siempre desconocidos, casi nunca posando: una señora que se ríe en un banco, un pibe que le alcanza un vaso a un viejo, alguien que descansa al sol. Ahí no hay corona ni pincelada, solo una mirada atenta y el momento en que alguien merece que uno se detenga.
El bestiario no es todo. Hay clásicos copiados de los viejos maestros, que es la manera más honesta que conozco de seguir aprendiendo: copiar a Sorolla, a Leighton o a David obliga a entender decisiones que uno solo nunca habría tomado. Hay retratos por encargo, donde el oficio se pone al servicio de otra mirada y la única meta es que la cara se parezca y que la familia la reconozca. Y hay unas pocas piezas de abstracción, sin animal ni ícono, donde queda solamente el color y el gesto. Las cuatro cosas conviven sin problema: son la misma mano buscando distintas maneras de que algo se sostenga.
La serie más reciente son las sintografías. El término viene de síntesis y grafía: imágenes que no se pintan ni se fotografían, sino que se sintetizan. El procedimiento es el mismo que en cualquier obra mía, con otra herramienta: la idea es mía, la composición, la luz, la paleta y el clima los decido yo, y la inteligencia artificial es el medio con el que las genero, a fuerza de instrucciones sucesivas, descartes y correcciones hasta que la imagen dice lo que tenía que decir. Treinta años de taller son los que me permiten juzgar cuándo un resultado está bien resuelto y cuándo hay que empezar de nuevo. Me interesa estar ahí, en el borde donde la tecnología entra en un oficio que siempre fue de la mano, y averiguar qué puede hacer un artista formado con una herramienta que todavía nadie terminó de entender.
Pinto para que alguien se detenga. Nada más. Y si al detenerse duda un segundo de quién merece la corona, ese segundo ya es todo lo que le pido a un cuadro.